Desde un tiempo a esta parte, como decían mis mayores, asistimos con estupor a propuestas, discursos y, en algunos casos, decisiones concretas que pretenden desechar o desterrar derechos tan elementales que creíamos definitivamente incorporados al modo de vida del siglo XXI.
El pastor evangélico Doug Wilson, vinculado al movimiento MAGA en Estados Unidos, fundador de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas y, para completar su perfil, sionista cristiano, impulsa la consigna «una familia, un voto».
Su propuesta consiste en derogar la Decimonovena Enmienda de la Constitución estadounidense para eliminar el voto individual de las mujeres y que sea únicamente el varón quien vote en representación de toda la familia.
En la política norteamericana mantiene estrechos vínculos con los sectores más ultraconservadores que respaldan a Donald Trump.
Este auténtico dinosaurio ideológico pretende llevarnos de regreso a fines del siglo XIX. Pero lo más preocupante no es su existencia, sino que haya quienes reproduzcan su mensaje sin el menor espíritu crítico. Y no son pocos.
Parece un chiste, pero no lo es. Parece una exageración, pero tampoco lo es.
Esta proclama forma parte de una corriente más amplia que busca naturalizar el cuestionamiento de derechos fundamentales: el derecho a la salud, a la educación, a la vivienda, a una jornada laboral de ocho horas, a un salario digno y a tantos otros logros conquistados tras décadas de luchas sociales.
Esas arengas se instalan, poco a poco, en nuestras sociedades y contribuyen con notable eficacia a difundir la idea de que el egoísmo representa la modernidad, que la solidaridad es un obstáculo para el progreso y que debemos desprendernos de esos supuestos «viejos valores» sustentados en un principio que consideran equivocado: la igualdad.
Quizá el mayor peligro no sea la aparición de estas ideas, sino la indiferencia con la que demasiadas veces se las recibe. Porque cuando los derechos comienzan a presentarse como privilegios, el retroceso deja de parecer imposible y empieza a convertirse en una posibilidad real.
La historia demuestra que los derechos rara vez se pierden de un día para otro. Primero se los ridiculiza, luego se los cuestiona, más tarde se los relativiza y, finalmente, se los elimina. Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo sea impedir que ese proceso vuelva a repetirse.
María Cristina Campagna 30/07/2026
